jueves, 4 de octubre de 2012

Abreacción


Una tarde como cualquier otra en un lugar que no tiene relevancia en la historia, una niña de escasos 5 años se encuentra con una muñeca en una mano y un cuchillo carnicero en la otra; la empieza a mutilar, le arranca la ropita, le corta el cabello y por último la entierra al pie del rosal. La muñeca no era suya, el cuchillo tampoco.

En mi cabeza seguía retumbando el mismo cuestionamiento, aún no comprendo porque a las personas les gusta escarbar en el pasado de otras. Pero esta vez no omití la respuesta por capricho sino porque realmente no recordaba el primer recuerdo de mi infancia. Solo tengo escasas imágenes mentales de mi adolescencia, más allá de eso mi selectiva memoria no tiene grabado nada. Por ello, a mí también me intrigaba...

Han transcurrido muchas lunas desde que deje de ser una niña, muchísimas. Y con cada luna se han ido recuerdos y otros bloqueado convenientemente.

Se había hecho de noche y yo permanecía en mi cama acostada viendo hacia arriba, tratando de hacer memoria y pensando en la luna que no podía ver porque el techo me la obstruía. Aunque quien sabe si la hubiera podido ver porque estaba nublado y el frió cada vez era más intenso, no me quise asomar por la ventana para salir de la duda, me dormí con la incógnita, con esa y con la otra.

Ya paso un año de esa larga noche, tal vez un poco más; la verdad después de un tiempo deje de pensar en eso, mi obsesión se convirtió en resignación. Dimití, ya no forcé a mi cerebro a decirme lo que obviamente no quería recordar. No tenia caso enfrascarse en algo intrascendente.

Eso creía, que no tenia trascendencia hasta que la vi; llevaba un vestido rojo, medias blancas y un moño más grande que su propia cabeza. Iba arrastrando su muñeca boca abajo, se resbalo al bajar de la banqueta y su madre (supongo), que iba a su lado, no alcanzo a levantarla. Se había ensuciado sus manitas pero no lloro.

No era yo, nunca fui tan valiente; solo miraba detenidamente la escena. Desde ese momento vincule todo, y ahora sé porque nunca me han gustado las benditas rosas. 

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