A la
mayoría de las personas nos cuesta hablar de los sentimientos, especialmente
exteriorizar el amor y cariño por nuestros seres queridos. Es más fácil hablar de sexualidad que de emotividad, siempre he tenido esa percepción en la vida.
¡Yo
no! Prefiero que se mofen de mis emociones o me llamen cursi, a guardarme lo
que mi corazón “piensa”, me gusta decirles a mis hermanitos y mis padres cuanto
los quiero y repetírselos cada que puedo. Me gusta hacerle saber al amor de mi vida que lo es, aunque el valor de mis
palabras no tengan peso.
Claro,
toda palabra carece de significado si no se demuestra con hechos, pero es tan evidente
como contradictorio que el afecto (de cualquier índole) es perceptible y a la
vez intangible.
"Verba
Volant, scripta manent", rezaba el adagio latino. Pero de mi Padre aprendí que lo que mi boca emita sean palabras de honor, aplicable en toda materia. O
bien como Él también dice: “lo que pienses no lo digas, lo que digas no lo
escribas, lo que escribas no lo firmes. Y si ya lo pensaste, lo dijiste, lo
escribiste y lo firmaste; pues ya te chingaste” (en esta última parte me encuentro yo)
Quizás
por que creo que esta vida es muy corta y tengo presente que no podemos
asegurar nuestro destino, es que opto por decir abiertamente lo que pienso y
siento, a guardar en un baúl interior todas mis pensamientos. No mesuro mis
palabras por ello acepto sus repercusiones y en parte prefiero eso…
Puede
que a veces parezca que no sea sincera, pero aunque las palabras se las lleva
el viento; mi corazón siempre gritará cuanto ¡Te quiero!
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